No hay luces en el camino de ripio. Las piedras crujen bajo
sus zapatos al ritmo de la guitarra que comienza a sonar. Su pelo lo lleva más largo que de costumbre,
tan largo como su barba, esta tarde no se peinó. No es costumbre de un hombre
que suele raparse.
Comienza a sonar el violín que acompaña las notas cortas de
las tres primeras cuerdas. Y allí va, soltando la mitad de una sonrisa. La
mitad de la derecha de su cara, izquierda frente a la luna.
En lo alto, el viento mueve las ramas como si hicieran una
reverencia a su paso. Comienza a arrastrar los pies mientras cae una lágrima.
La guitarra calla. El violín canta alto.
Vuelve la mirada hacia el auto. La puerta sigue abierta y el
maletero vacío.
La guitarra vuelve con fuerza.
Entonces caen más lágrimas. La risa domina su rostro.
-¿Y qué me ves tú? ¿Acaso nunca has visto a un hombre al
borde de la locura? Al menos así debo estar… a punto de estar loco.
Mi cabeza da vueltas y repite cada palabra. Suplica y suplica
allí en el interior. Como si estuviera encerrada en una caja.
Los gritos comienzan a hacerse desgarradores.
¿Le comenzará a faltar el aire?
¡Haz que se calle de una vez!
Cae la botella. Se derrama un poco. La recoge con torpeza.
Limpia la boca y da un trago.
-¿Qué sigues mirando? ¿Te parezco guapo? ¿Te doy pena?
El violín y la guitarra guardan silencio un momento. Escupe
un poco de tierra con alcohol. Y luego vuelve la guitarra con un par de voces
acompañando. Es un hombre y una mujer.
Una mujer.
Allá lejos, la luces de la ciudad parecen iluminar sin
importa el resto. Se siente extraño.
Esa maldita ciudad. Observando con morbo cada movimiento
tuyo. Sintiéndote cada vez que recorres sus entrañas. Riendo cada vez que
terminas sobre la acera. Parece nunca haber un día, un sol. Parece ser siempre
de noche.
-¿Y ahora quién observa a quién? Da la vuelta y mírame, te
estoy hablando. ¿La puedes ver?
Nadie responde.
-Tú siempre lo supiste. Perra ciudad, eres la ramera
personal del diablo. Te coge todo el tiempo, por eso nunca amaneces. Y tú nos
coges a nosotros. Me coges a mí. Y yo aún así te confío todo y te declaro mi
amor. Perra estúpida y celosa, me haces sentir insano. Me emborrachas todo el
tiempo y te ríes en mi cara. Si hubiera estado un momento sobrio no me habrías
podido coger otra vez. Pero… tú siempre lo supiste, y no dijiste nada.
Ustedes dos… putas del diablo, mueven las piezas como el
ajedrez y me hacen perder. No me dejan saberlo. Pero yo ahora lo sé…
Mírenme cuando les hablo. Lo sé, ahora lo sé. No estoy al
borde de la locura. Ya caí en ella. ¿Cuántos tipos le hablan a una ciudad y a
la luna? Sólo los despechados y los enamorados. Pero ninguno de ellos está
loco. Tan sólo yo, y lo sé, porque no se puede ser despechado y estar enamorado
al mismo tiempo.
Estoy loco. Mi mente insana. Mi alma…
Estoy en la locura, y ahora que lo sé… van a pagar.
Cual tango baila con la botella. El cuadro se aleja… se ve
cada vez más pequeño, desde arriba y más arriba.
La luna no dice nada. No expresa nada. Pero la ciudad no
puede ocultar los nervios.
Y las voces se levantan. La guitarra golpea las cuerdas y
los violines hacen ese sonido que parece estar sostenido durante largo rato.
Como si saliera desde lo más profundo de quién lo toca y busca alcanzar el
cielo. Pero Dios es celoso y no lo permite.
Las calles vacías. Las luces de las tiendas acusan que no
hay nadie. ¿Dónde están todos?
Las ratas olfatean algo. Salen desde el alcantarillado y se dispersan
entre la comida de los restaurantes y anidan en los abrigos costosos de última
moda.
La la la, no hay letra en la canción.
Los perros aúllan. Las ratas no se intimidan. Una brisa
tibia sopla. Las luces bajan. El mar se queda quieto como si estuviera expectante
de lo que sucederá.
-Los veo. Los veo perfectamente. Están allí bailando un
lento. Con una leve sonrisa que se asoma entre su cabello. La la la.
Las carcajadas recorren las calles, rebotan en cada
edificio. El mar se echa atrás, no quiere mirar. Las ratas los tumban. Están
entre sus piernas, entre sus pechos y en el rostro de ambos. Rajan sus carnes y
los arrastran hasta el bosque. Hay sangre en la tierra. El diablo despierta,
mira hacia arriba y suelta una carcajada enorme.
Las guitarras, el violín y las voces esperan una señal.
El
diablo se cobra el alma de ellos.
-¿Y a dónde voy yo?
La escena nunca se acaba. El diablo se los lleva a la
arrastra mientras silba la melodía de esta canción. La luna y la ciudad enfrente de él contemplan la escena atónitas. Las cuerdas
de los instrumentos dan la nota final.
-Qué mal chiste, se acabó el alcohol.