Hace un par de año no tenía esta sensación aferrada el estómago.
De pequeño me veía enfrentado a problemas de pequeños. Pequeños problemas. A veces, muchas veces, me vi a punto de caer en el miedo o convertirme de un puñetazo en un supuesto hombre valiente.
Corrían tras mí, doblaba en las esquinas menos concurridas para no chocar con nadie. Corrí y no me detuve hasta que mi pecho reclamó más aire y me alcanzaron.
Tres de ellos.
Dos me sostuvieron. Uno me dio puñetazos en la cara, en la boca del estómago y un par de patadas en las piernas. -Cagaste, conchetumadre, toma culiao- Era todo lo que oía.
Le dije a mamá que fue un asalto. Papá no se tragó del todo esa mentira, sabía que algo pasaba. Me miró con esos ojos oscuros y enseñando sus canas, aquellas que el mismo tiempo colocaba en él en lugar de sabiduría. Dijo algo a mi oído y se marchó.
Pasó algo de tiempo hasta que me levanté. Los dos tipos que me habían sostenido durante la paliza esa noche habían abandonado el barrio. Sus padres parece que tenían algún tipo de problema con los narcotraficantes que dominaban un par de calles.
Salí junto a mis amigos en busca de aquel tipo. Lo encontramos en el pasaje más angosto y apartado del barrio. Los muchachos los sostuvieron y en su rostro pude leer las palabras de mi padre: "Cuanto más puñetazos puedas dar, no te haces más valiente. Lo valiente es poder tomar la decisión de dar esos puñetazos o no".
Vi su cara de espanto y su pantalón mojado. Las lágrimas le impedían ver con claridad.
Entonces sólo le di una palmada en la cara, ni suave, ni tan fuerte. Y me fui.
Si papá estuviera vivo, él sabría decirme si me convertí en un hombre valiente o no.