miércoles, 4 de diciembre de 2013

La crónica

Yo ni siquiera terminaba todavía la enseñanza media.
Eran las vacaciones de verano. Hacía un calor sofocante. El sol pegaba fuerte desde las 8am. Trabajaba con mi viejo afuera de la ciudad, estábamos haciendo la gasfitería en la remodelación de un colegio en pleno campo. El colegio tenía una enorme cancha con una superficie tan cómoda para hacer deporte, cosa impensada en el mío. Las salas eran del doble de grandes y la biblioteca tenía más espacio que el casino que nadie usaba en mi colegio.

Nos levantábamos a las 06:00 am para llegar cerca de las 09:30. Cruzábamos la mitad de la ciudad para tomar un minibus. Luego, en algún pueblo, subíamos a un colectivo y por las laderas de algunos cerros desiertos llegábamos. Al principio fue así, hasta que mi viejo firmó contrato con la constructora y nos acomodaron en una pequeña casa cercana al colegio. Por tanto, sólo veníamos a la ciudad los fin de semanas. La casa tenía 4 habitaciones con camarotes que no entendía como podían soportar a un hombre gordo como lo son la mayoría de los maestro que allí dormían. Los zancudos eran tantos y tan enormes que pensé un día que debían tener tanta sangre nuestra como las cajas de vino repartidas en el patio.

En uno de esos fin de semanas en la ciudad, mi viejo consiguió a un ayudante, ya que yo era menor de edad y no podían verme los inspectores de seguridad del gobierno. Lo acusarían de abuso infantil. El tipo que contrató era normal. Y digo normal porque se espera que cualquier barrio de la periferia de a luz tipos con alto prontuario policial, drogadictos, narcos o simplemente aspirantes a cualquiera de esas condiciones. El tipo no tenía problemas con la ley, no era un drogo ni nada de eso. Ni siquiera vestía como el estereotipo de un flaite. Por el contario, vestía con jeans sencillos, una polera oscura y percudida, como la de los metaleros. Usaba lentes de sol todo el tiempo. Tenía zapatillas con resortes, pero tan gastadas, que cada vez que había un tiempo para relajarse, las rompía un poco más. El pelo corto que usaba era alborotado, como si nunca se peinara. Tenía una nariz que destacaba en su cara y cambiaba constantemente la forma de su barba. Fumaba cada vez que podía, incluso si estaba tomando un chuzo. Tenía alrededor de 27 o casi 30 años. Llevaba una billetera que miraba siempre que nadie lo notara.

Dijo que se llamaba Marcelo. Le gustaba conversar sobre música, a pesar de que lo único que entraba por sus orejas era el reggaeton. Siempre me comentaba sobre la vida de algunos raperos. Hablaba con tanta libertad y cercanía de ello, que me producía rabia la idea de pensar que asemejaba el Rap al reggaeton. Por las tardes, en la pequeña casa, nos sentábamos afuera a escuchar mi música. Le gustaban los temas de House of Pain. Fumaba y fumaba, mientras yo me quedaba cerca para poder aspirar lo que botaba. Mi viejo tenía una correa de cuero que ya había probado antes, cuando tocaba timbres en los departamentos, robaba algo en la feria, o entraba a las viejas fábricas del barrio industrial cercano a mi casa, así que no quería fumar delante de él siendo menor. Me bastó una par de veces probar la correa para ni siquiera volver a verla. Lo que hacíamos era dar un paseo por un pueblo cercano, que no tenía alumbrado público, entonces, allí, en medio de la oscuridad, encendía un cigarro y Marcelo me acompañaba a fumar.

A la hora del almuerzo comíamos lo más rápido posible, para poder tener un tiempo de sobra e ir echar una siesta dentro de las salas que aún no estaban terminadas. Como el suelo sólo tenía el "radier", poníamos algunas cajas y de almohada los bototos punta fierro usados que entregaban a todo el que ingresara a trabajar en la construcción por primera vez.
Un día desperté cuando ya todos trabajaban. Se escuchaba el cango y las sierras eléctricas por doquier, así era difícil saber de donde venía el ruido. Salí mientras me fregaba la ojos. Allí estaba el capataz, bajo un sol seco como el de las películas western, mirándome con cara de desprecio, como si yo fuera inferior e inútil. Tenía una boca chueca, somo si un "aire" se la hubiera dejado así, por eso lo apodé el Clint Eastwood, porque además tenía esa mirada típica del actor. 
Busqué a mi viejo para saber qué íbamos a hacer, pero no lo encontraba por ni un lado, tampoco a Marcelo. Recorrí todos los rincones del colegio, y cada vez que pasaba por el patio estaba allí el capataz, observándome desde algún sitio.
Crucé la calle hasta la bodega. Tras los precarios baños estaba mi padre y Marcelo sentados a la sombra. Marcelo estaba cabizbajo y mi padre tenía la palabra. De vez en cuando levantaba la cabeza para hacer un gesto de negación y taparse el rostro. Daba una fumada y volvía a bajar la cabeza. Entré al baño a echar una meada, alcancé a escuchar que Marcelo decía -Lo mío es imperdonable- y mi padre respondía -No, si lo es- y cuando salí, vi que venía el capataz. Les di el aviso, se pararon rápidamente y entraron por la puerta trasera a la bodega. Conversaron con el bodeguero y buscaron algunos materiales. Sacamos un par de cañerías y un cango que me dieron para usar. Volvimos al colegio y empezamos a trabajar.
Tomé el cango y estuve una media hora echando la parte de un muro abajo. Cuando terminé, no podía bajar los brazos. El capataz asomaba de vez en cuando y mi padre enviaba a Marcelo a buscar algunos materiales que ya teníamos. O lo mandaba a hacer cualquier cosa. Hasta ir a comprar una bebida cada una hora. Cosa que yo siempre hacía antes de que llegara él.

El día de paga el sol ya estaba tras los cerros, lo significaba que la jornada laboral había terminado. Nos llamaron uno por uno para recibir un sobre, contar el dinero que contenía y firmar algunos papeles. 
Entonces apareció un viejo amigo de mi padre. Un ex jefe. El "chico", como le decía mi viejo, era un borracho que había perdido a su familia y que ahora se acostaba con una mujer 15 años menor que él. Tenía una moto lujosa, de esas "choperas" que tanto me gustaban. Vida digna de un campeón que lo perdió todo. Conversaron largo rato hasta que Marcelo se cansó y se sentó a esperar a que alguien nos llevara en camioneta hasta la pequeña casa. Entonces, el capataz asomó desde los baños y venía rumbo a nosotros. Marcelo se levantó, y sin decir nada se alejó por la larga carretera que llevaba hasta la casa donde alojábamos. El Capataz conversó algo con mi padre, mientras miraba por encima de su hombro como buscando algo. Luego puso la mirada fija en mí. Tomé la caja de herramientas y me acerqué. Terminó la conversación antes de que yo llegara y nos fuimos caminando. Mi padre no dijo nada durante el largo camino.

Cuando llegamos Marcelo ya había tomado una ducha y estaba sentado en la pequeña escalera de la entrada. Yo pasé al baño. Por la ventana podía oler el aroma de un cigarro barato. Supe que Marcelo estaba fumando afuera. Terminé  de ducharme y salí rápido para alcanzar a aspirar algo del humo. Pero ya no estaba.
No regresó nunca más.
Mi viejo no me lo dijo y yo nunca se lo pregunté, pero algo había en Marcelo. Siempre estaba dándose golpes en la cabeza, como si así pudiera entender la realidad. Esa noche, los maestros hicieron carne al disco en el patio. Llamaron a mi viejo, escuché que uno de ellos, que tenía aspecto de trabajar todo la vida bajo el sol, le preguntó por Marcelo. Mi padre, se giró y me vio, entonces bajó la voz y le respondió. Las risas de los borrachos obreros no me dejaron entender ni una palabra.

No soporté seguir trabajando fuera de la ciudad. Me perdía de muchos partidos por estar cansado o por no alcanzar a llegar a tiempo. Los viernes no alcanzaba a llegar a tomar algo con mis amigos porque ya se habían ido por unas cervezas a algún local o a jugar pool. Decidí quedarme en casa a descansar lo que quedaba del verano.

Volví a clases. En el cielo seguía presente ese sol azotador que me recordaba el campo. Escogí un taller de literatura, allí encontré lo fascinante que puede existir en un libro que no sea de lectura obligatoria. Para una clase, la profesora pidió que buscáramos algún texto, cualquiera, que esté conectado con lo que queríamos ser a futuro. La idea de ser escritor me entusiasmaba, pero mi gramática era terrible y sólo conocía a Marcela Paz, autora de Papelucho. No llegaría a ningún lado en un campo donde no conozco a nadie. Llegué un día a casa, sobre la mesa estaba el diario. Lo tomé y pasé al baño, lo leí en la página donde lo habían dejado y entonces lo vi todo claro:

Marcelo no se llamaba Marcelo. Se llamaba Esteban. El apellido no lo recuerdo, y si lograra recordarlo, no creo que en verdad haya sido el verdadero. Estaba siendo buscado desde hace meses por la policía. Un narcotraficante le había dado una paliza a su hermano. Le habían desfigurado la cara y tenía una enorme cicatriz con la forma de una T. Esteban entró por la noche a la casa del narco. En silencio buscó la pieza donde dormía. Cuando pasó por la cocina vio la figura del hombre que había mandado a golpear a su hermano. Un tipo rechoncho, es decir, gordo y pequeño. Tenía una guata digna de ser llamada "barriga", sobresalía tanto de su cuerpo que los botones de su camisa parecían que iban a salir disparados. Esteban tomó su arma y se dispuso a tomar venganza. Cargó la pistola y dijo -oye, maricón culiao- la silueta se giró y sólo se escuchó el tiro.
El silencio tras el disparo le aceleró el corazón. Salió rápido y entre saltos, como si fuera el mejor parkur. No se volvió a mirar jamás. Cuando estaba por la esquina escuchó el grito desgarrador de un hombre, como si lo apuñalaran en el alma. Nunca imaginó que un ser humano pudiese gritar de esa manera. 
Siguió corriendo y se refugió en la casa de un amigo. Durante una par de horas repasó cada paso que había dado: Nadie lo vio, entró en silencio, usó guantes, no tocó nada, el arma tenía el registro borrado, disparó, salió rápido por un pasaje oscuro, nadie asomó por las ventanas ni nadie lo vio esconderse. Había sido perfecto. 
Se acomodó en un sofá y mirando la luna recordó el grito del hombre. Tremendo grito de aquel hombre. Imaginó sus cuerdas vocales desgarradas y las venas de su cuello a punto de reventar. -¿Hombre? ¡Hombre!- ¿Cómo podía haber gritado el hombre al que había dado muerte? Ni siquiera gritó en el momento en el que le disparó. La noche se hizo larga, no pudo pegar una pestaña pensando en que ese hombre al que quería dar muerte estaba vivo, al menos eso parecía después de huir. ¿Se podría haber salvado? No, imposible. Le dio en el pecho, apuntó directo al corazón. No podría haber fallado. 
Sólo cuando las primeras micros del día se escuchaban circular pudo pegar pestaña.

Cerca del medio día lo sacudió su amigo, aquel que lo alojó esa noche. Se despertó alterado, casi sale arrancando por una ventana. -Hueón, hueón- Le decía mientras lo agarraba para que no saliera como loco- para, para! Tienes que irte. -¿Ah?- respondió Esteban mientras volvía del sueño- ¿Qué pasó?

-Tenís que rajar de una, hueón.
-¿Qué hueá?
-Te pitiaste a la mina del narco.
-No pasa na. Yo vi al guatón, sé que le di a él.
-No, hueón. Te pitiaste a la mina...
-Ba! si yo mismo lo vi!
-No, huéon, porfiao' te dicen que no. Recién sacaron el cuerpo de la mina y el loco se fue. Va pa' el servicio médico legal. Aprovecha de irte. En serio.

Esteban se confió. Corrió a casa, tomó una mochila y la llenó con las primeras cosas que vio. No había nadie, así que no se despidió. Sacó un par de billetes de la cartera de su mamá y le dejó una nota que decía: "Me fui. Yo te llamo. Te saqué plata, perdón. Te la devuelvo. Los quiero mucho a todos".

Salió con paso apurado, pero disimulado. No pensó a dónde ir, pero sabía que tomaría lo primero que pasara. Una micro, un colectivo o un taxi, cualquier cosa. Tomó una micro, se subió y pagó. Se le cayó el vuelto. Sólo recogió las monedas grandes. Se sentó al final. Parecía que todos los pasajeros pusieran la mirada en él y comentaran entre ellos algo. Temía que alguien lo reconociera o que recordaran su rostro. Miró por la ventana y vio su barrio perderse atrás, tan hermoso. Lo sintió extraño, como si nunca hubiera estado allí, pero era hermoso, como si fuera el primer amor. Aquel primer amor que ahora dejaba atrás.

Llegó hasta un barrio industrial. No lo conocía. Se adentró y dio con una población. Entró con miedo, y no a que alguien lo asaltara, sino que a alguien pudiera saber que él era un asesino y lo acusaran. Caminó sin rumbo, entre pasajes estrechos, como buscando algo, atento a todo, pero no sabía qué buscaba.
En una pequeña plaza, con juegos infantiles oxidados y un poco de pasto amarillo y tierra, había un hombre predicando. Se quedó escuchando sentado en una banca. Sacó un cigarro y se lo fumó tan rápido que el cuerpo se le hinchó. El hombre terminó de predicar, guardó su biblia y Esteban se acercó. No se intimidó, ninguno de los dos.
-¿Usted es un hombre de fe?
-No soy el hombre con más fe, pero soy uno de los que quiere tener más fe.
-Necesito ayuda.
-Claro. Dios te puede ayudar.
-No, no, no se trata de Dios.
-Siempre se trata de él. Sólo él te puede ayudar en todo.
-Bueno, dígale que necesito refugio.
-¿Qué pasó? Pareces asustado.
-No tengo a dónde ir. Necesito trabajo, necesito comer y donde vivir.

El hombre se quedó pensante, luego de un rato lo invitó a comer a su casa.
La mujer de aquel hombre sirvió dos platos. Uno para su marido y el otro para Esteban.

-Mi nombre es Jorge. ¿Cómo te llamas?

Esteban lo pensó un momento y luego soltó el habla.

-Marcelo. Me llamo Marcelo.
-Marcelo, ¿eh? ¿Qué problema tienes?

Marcelo le contó su historia. Jorge se tomó la cabeza, rezó por él y le dio un espacio en su hogar. Habló con un amigo para que le diera trabajo. Ese amigo trabajaba fuera de la ciudad, en la remodelación de un colegio. Tenía un hijo con el que trabajaba, pero que no podía ser visto por los inspectores de seguridad laboral del gobierno. Jorge dijo que se trataba de un sobrino. Así que aceptó ayudarlo.

Entonces allí estaba yo, sentado en el baño. Dejé el diario, no alcancé a terminar de leer todo la nota. Me limpié el culo y salí a buscar a alguien para contarle lo que había leído. Pero no encontré a nadie.

En el colegio tenía que exponer el texto. Llegó mi turno y pasé adelante con el diario. La profesora me pidió que comenzara. Miré la nota de Marcelo o Estaban, como sea que se llamara. Levanté la vista y los vi a todos atentos. La profesora me insistió en que empezara. Tomé el diario, di vuelta la página y leí el primer artículo: "Tamaño del trasero de las mujeres tiene relación con su inteligencia". No me di cuenta de lo que leía hasta que la profesora me dijo que parara. Me mandó a sentar. Se sacó los lentes y me dio un listado de libros con una nota que decía: El periodismo exige que usted se adentre en la historia, pero que no sea parte de ella. Espero que no esté midiendo el tamaño del trasero de sus compañeras.
Entonces me di cuenta de que quería ser cronista.


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"PDI detiene a presunto asesino del caso _______"
...
"... el hombre cambió su apariencia y se hacía llamar Marcelo.
En _______, una comunidad al sur del país, en la__ región,
la llegada de Estaban levantó sospechas entre sus vecinos. La
gente de la comunidad se extrañó de que alguien llegara para
vivir allí y sólo conversara con un cantinero. Además, no
salía mucho y cambiaba su aspecto constantemente. Un ex policía
de la zona lo reconoció y dio el aviso a la PDI, quien lo arrestó en
su pequeña cabaña. El teniente declaró que el hombre fue encontrado
en su cama, llorando y bebiendo. Había una gran cantidad de botellas
por toda el hogar y muchos ceniceros llenos.
El cantinero del pueblo ______,______ (60) declaró que Esteban
siempre iba a beber, pero no conversaba con nadie. En una ocasión
le preguntó de donde era, dijo que de la ciudad de_______. "Andaba
siempre con una billetera. Yo le pregunté qué tanto miraba y me mostró
una foto donde salía su madre, un hermano y su hija. Yo pensé que venía
a trabajar y mandar plata pa' su casa. Como muchos de la forestal ____".
...
Esteban, que era buscado por la policía, tras asesinar a una mujer que
tenía 8 meses de embarazo, habría querido vengarse de un hombre que
hoy cumple condena por narcotráfico en el penal de ______.
...
La PDI plantea que Esteban, por error, habría dado muerte a la mujer embarazada.
...
La familia dice que no tenía contacto con él desde hace mucho tiempo.
...
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Mi crónica.

<<TITULAR COMPLETO ACÁ>>
....
1 año después sus restos eran velados en la casa de su madre. Duró sólo una semana tras las rejas. 
"En un confuso incidente", como declaró Gendarmería, lo apuñalaron en 15 ocasiones, principalmente en el estómago. La familia acusa demora en la atención, ya que según la autopsia, Esteban habría agonizado durante 45 minutos. En el comunicado oficial de la institución carcelaria, existe un punto que señala que no cuentan con los medios suficientes para atender este tipo de situaciones. "La gravedad de las heridas empeora en el caso de que los puñales o estoques hayan sido intervenidos con ajo, lo que provoca la no cicatrización. Sumado a que estos artefactos se diseñan con una especie de gancho, para arrancar las entrañas de la víctima". Gendarmería hace muchos años reclama por esta situación que ningún gobierno ha atendido. Como punto final del comunicado, declaran que estudian la posibilidad de llamar a paro de funciones para exigir soluciones.
...
La familia, en tanto, declaró que quiere tomar acciones legales, pero que no cuentan con los medios.
...
El gobierno no se ha pronunciado sobre este hecho.
...
Así, la historia de Esteban, o mejor conocido como Marcelo, pasó a quedar archivada en las olvidadas estanterías del Ministerio Público.
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Nunca publicada.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Presta el voto

"La patria es la maraca culiá más grande de todas... sólo los ricos la pueden disfrutar"

domingo, 14 de julio de 2013

Pasaje de ida y vuelta

Vamos marchando hacia al norte, hacinados, con un rifle en mi mano y un casco en la cabeza. 

Vamos rumbo al norte.


Estoy triste, de mi tierra me estoy alejando. 

Voy demasiado triste.


Vamos arriba, fumando, sobre un camión vamos apretados, bebiendo alcohol con pólvora. 

Rumbo al norte.


Y mi tierra se va alejando. Estoy triste. 

Muy triste.


Mi nombre ya no existe, me queda mi apellido y número al igual que todos.

De mi tierra me están arrancando.

En el norte nos vestimos iguales, no distingo colores y me está matando la ansiedad.

Mi tierra se perdió allá atrás. Qué pena.

El infierno es un mar muerto de dolor dejando lodo rojo bajo mis botas.
Tengo sangre en los ojos, el peso de la oscuridad encima y el miedo pateándome en las bolas.

De mi tierra sólo oigo historias narradas por voces lejanas. 
El frente bajó hacia el sur contando historias similares con distintos actores. 

Qué nostalgia.


Tierra ajena, propiedad de alguien que jamás he visto, ya te dejo.

Me voy.


Cuán feliz estoy. Voy de regreso a mi tierra. De vuelta a casa. Rumbo a mi hogar.


Entrando por el puente, 
cruzando el río, 
los enormes árboles dejan caer sus frutos y abren sus raíces para abrazarme y no dejarme ir otra vez.

Ya estoy regresando.

Los campos se tornan cada vez más verdes, sé que estamos llegando.

Voy cómodo entre cojines. Veloz en la serpiente de fierro.

Mamá espera por mí.


Feliz estoy de llegar a mi tierra. No me iré nunca más.


Feliz de estar acá para siempre, en un cajón de madera, con una cruz que lleva mi nombre. 

Para siempre en mi tierra.

sábado, 4 de mayo de 2013

Puñetazos y patadas

Hace un par de año no tenía esta sensación aferrada el estómago.

De pequeño me veía enfrentado a problemas de pequeños. Pequeños problemas. A veces, muchas veces, me vi a punto de caer en el miedo o convertirme de un puñetazo en un supuesto hombre valiente.

Corrían tras mí, doblaba en las esquinas menos concurridas para no chocar con nadie. Corrí y no me detuve hasta que mi pecho reclamó más aire y me alcanzaron.

Tres de ellos.
Dos me sostuvieron. Uno me dio puñetazos en la cara, en la boca del estómago y un par de patadas en las piernas. -Cagaste, conchetumadre, toma culiao- Era todo lo que oía.

Le dije a mamá que fue un asalto. Papá no se tragó del todo esa mentira, sabía que algo pasaba. Me miró con esos ojos oscuros y enseñando sus canas, aquellas que el mismo tiempo colocaba en él en lugar de sabiduría. Dijo algo a mi oído y se marchó.

Pasó algo de tiempo hasta que me levanté. Los dos tipos que me habían sostenido durante la paliza esa noche habían abandonado el barrio. Sus padres parece que tenían algún tipo de problema con los narcotraficantes que dominaban un par de calles.

Salí junto a mis amigos en busca de aquel tipo. Lo encontramos en el pasaje más angosto y apartado del barrio. Los muchachos los sostuvieron y en su rostro pude leer las palabras de mi padre: "Cuanto más puñetazos puedas dar, no te haces más valiente. Lo valiente es poder tomar la decisión de dar esos puñetazos o no".
Vi su cara de espanto y su pantalón mojado. Las lágrimas le impedían ver con claridad.
Entonces sólo le di una palmada en la cara, ni suave, ni tan fuerte. Y me fui.

Si papá estuviera vivo, él sabría decirme si me convertí en un hombre valiente o no.

viernes, 25 de enero de 2013

¿Qué mierda he hecho?

Oh, Cariño... ¿Por qué lloras? 
No quiero sonar frívolo, pero ya no hay por qué llorar.
Ya está todo hecho.

¿Quieres un último cigarro? 
Al menos... al menos así sabré cuando sea que te fuiste. 

¿Por qué no destapamos la última botella? 
La guardaba para un momento especial, no creí que fuera así, pero debe ser este.

¿Oh, Cariño, qué mierda hice? 
Te vas, y no hay nada que pueda hacer para impedirlo.

Hace un tiempo perdí de vista tu sonrisa. 
No te vayas, no me dejes. 
¿Qué mierda hice?

Estoy tan ciego, pero el humo del tabaco me deja ver esta escena tan claramente que podría describir cada detalle de tu despedida.

Mierda 
¿Cariño, qué he hecho? 
Empuñé mi palabra y golpeé todo a mi paso... incluida tú.

No... por favor, no. No me quites los ojos de encima. No podré encarar al mundo si no me miras.

¿Pero qué mierda he hecho, Cariño? 
Te lo ruego, no sueltes mi mano...

Dios, no dejes que se vaya. Me voy yo si es preciso, pero ella no... por favor.

No... por favor... no. 

Mierda ¿Qué he hecho, Cariño? Está todo tan oscuro este día. Todo... todo es tan silencioso en medio de este infierno urbano. 
La ciudad se ha callado.

Pero... no llores... tú... yo... no lo sé. 
No puedo saber si soy yo. 
Mi reflejo... no soy yo, lo juro.

Fuiste tú... tú me obligaste. 
Yo... yo tan sólo... tan sólo quería que todo volviera a ser lo de antes.
Es el maldito alcohol o el humo... yo... no, no pude. Mierda, qué hice, Cariño. 
Amor ¡¿Qué mierda he hecho?!

Tu felicidad me era ajena... abría mis venas, y tu luz me quemaba. 
Es tu culpa, no pudiste, fallaste... me dejaste.
Todos mis días serán eternos... tu sonrisa será una cicatriz en mi conciencia.

El del reflejo... no soy yo, yo no tomé este cuchillo. Cariño, anda, di algo...
¡Oh, mierda, Cariño ¿Qué he hecho?!