jueves, 12 de julio de 2012
Trincheras (parte 1)
-5AM-
<<Ya, pelaos culiaos, arriba mierda. Todos listos en 15 minutos>>
El estado había quedado inconforme con el fallo dictado por el tribunal internacional donde se resolvió que el límite marítimo favorecería al país vecino del norte, así que rápidamente nos trasladaron en camiones hacia la frontera. En mi pelotón destacaban dos grandes amigos y unos cuantos conocidos: Díaz y Ramírez. Roberto Díaz era un tipo raro, anotaba siempre cosas en un pequeño cuaderno que traía consigo siempre, se levantaba cuando el sol aún no aparecía sólo para ver esa escena apocalíptica. En cambio, Carlos Ramírez era un moreno de pómulos grandes y una mirada que conversaba más que su boca, casi siempre guardaba silencio y sólo se dedicaba a observar con detalle, tenía una costumbre de comer cosas picantes.
Estábamos en medio del desierto, pero parecía estar en el sol y por la noches en plutón. En ratos libres jugábamos cartas para pasar el tiempo y conversábamos sobre qué haríamos cuando volviéramos a casa. <<Voy a pedirle matrimonio a mi mujer -Dijo Díaz- llegaré de sorpresa, de hecho será a penas vuelva, iré a comprar una sortija, y sin antes llegar a mi hogar, pasaré por su casa y le pediré que se case conmigo en un lugar apartado en el sur>>. <<¿Y tú>> Le pregunté a Ramírez. Él sólo bajó la cabeza y dijo <<Encontrar a todos vivos>>. No entendí y no quise preguntar por qué, terminé mi jugada y le pedí un cigarro a Pérez que justo pasaba por ahí. <<Los voy a matar a todos -Decía Pérez- cholos de mierda ¿Qué carajo se creen? Esta es mi tierra, mi país>>. No sé por qué, pero Ramírez se perdió en medio de todo, estaba allí sentado pero su mente en otro lugar.
Yo tenía un primo en la marina con un cargo importante, al parece capitán, no lo sé en realidad, no hablábamos mucho. Pero de la marina llegaba información firmada por mi primo anunciando que ya se habían desarrollado los primero enfrentamientos con la armada enemiga. <<¡Pelotón! -Gritó el sargento- de pie, salimos a las 1700 horas>>. Exclamé un 'maldita sea' que afligió más la cara de Díaz que la mía. Gané la partida de brisca y los correspondientes cigarros apostados, nos alistamos y salimos rumbo a no sé dónde.
Caminando por el desierto pensé en que si ellos eran como nos decían, no sería difícil ganar la guerra. El enemigo al parecer era pobre en tecnología militar, hasta me dijeron que eran tontos. Llegué al punto de pensar en verlos vestidos de verde en medio del desierto pálido, serían blanco fácil.
Díaz iba delante mío y Ramírez atrás. Llevábamos horas caminando, y el sol ya era casi naranjo. El sargento daba una charla para motivarnos cada media hora, pero en medio de un borroso calor y un suelo que fermentaba, las palabras se disolvían como el agua allí en medio de la nada. <<Oye, Núñez ¿Te queda un cigarro? -Me preguntó Opazo- Estoy algo nervioso, hay hormigas desde mi bota hasta mi pecho>> <<Tranquilo, pon atención y concéntrate>> le respondí mientras tanteaba en mi casco si quedaban, tenía la mitad de un cajetilla aún. <<¡Alto! -Dijo el sargento- descansaremos aquí un momento. Ustedes, Núñez, Opazo, vayan a conversar más allá. Quiero todo inspeccionado en un radio de 500 metros>> y así fue. Ramírez me dio sus binoculares y una palmada en la espalda. Caminamos con Opazo unos cuantos metros hasta que no veíamos al pelotón, entonces me quité el casco y saqué dos cigarros y los encendimos. Opazo me contó que tenía una pequeña de 3 años de edad y que su familia miraba de mala forma el que fuera padre tan temprano y fuera del matrimonio. Era tan joven que debía estar en casa junto a video juegos y no cargando un arma.
Recorrimos el radio que el sargento ordenó, en algún lugar de ese naranjo momento del atardecer me pareció ver la imagen de Ángela, mi chica. Me llamaba de regreso a casa junto a mi familia. Papá estaba orgulloso de su hijo, yo era el segundo de tres hermanos, el mayor ya había pasado por el servicio militar y disfrutaba de una jugosa pensión.
Volvimos con el pelotón, Opazo no dejaba de mirar una fotografía, luego la guardaba en el pecho. Díaz estaba escribiendo en su pequeño cuaderno y Ramírez leía una biblia de bolsillo. <<¿Alguna novedad?>>Preguntó el Sargento <<Negativo>> Respondí, y me dio la orden de descansar. Me senté junto a Ramírez y le ofrecí un cigarro, no aceptó, dijo que no fumaba. Le pregunté qué leía en específico y me dijo <<Sigo sin entender. Dios me dice que no debo matar, pero que debo someterme a las leyes del hombre. Entro en una contradicción>> <<Mierdas -Le dije- Tenemos que cumplir cada cosa que ordenan, hay que matar para sobrevivir. Dime ¿Qué ha hecho tu Dios que nos beneficie hoy? ¿Cura enfermedades? porque allá mueren todos los días>> Ramírez puso su mirada entre las página de la biblia y después de un breve silencio, sin mirarme, respondió <<No sé. Pero el hombre se jacta de tanta ciencia que no hay cura ni para el resfrío. Llevamos más de dos mil años de mascare y sangre en las guerras, después de cada una de ellas nos lamentamos y luego comenzamos otras porque según nosotros es la única solución. El hombre no aprende, quizás Dios sí, y prefiero mezclarme con él a que con la humanidad torpe y ciega>> Ramírez era un tipo que amaba aprender, y lo primero que aprendió fue a pensar para abrir la boca, quizás por eso era tan callado. Cerré la boca y pensé todas las respuestas y contrapreguntas posibles, pero Dios se trataba de un factor "x" que no logramos comprender dentro de la racionalidad de un adulto, ni menos abarcar en la imaginación de un niño. <<Si tu Dios existe, te sacará vivo de acá, y si yo también salgo vivo me verás entrar por la puerta de tu iglesia para decirte que entonces te creo>> Ramírez guardó otro breve silencio y lanzó <<No se trata de creerme, se trata de creer en él>> Largué una risa irónica y le dije <<Si tu Dios nos saca vivos, voy a meterme a la iglesia, jajajajaja>> Ramírez siguió leyendo y luego terminó la conversación con un <<Así será>>. Maldito fanático, pensé y me puse de pie.
<<¡Arriba! -gritó el Sargento Contreras- vamos a seguir>> de pronto otro hombre irrumpió con un <<¡Cholos culiaos!>> Un tanque enemigo estaba cerca, no nos habían visto, pero ya venía a nosotros. Me alisté y tomé mi arma, sacudí a Díaz que seguía escribiendo, el Sargento hizo señas de que guardáramos silencio y estuviéramos listos.
Del tanque bajó un soldado, se agachó y recogió una colilla de cigarro; miré a Opazo, los nervios ya dominaban su cara, sabía que nos encontrarían por dejar un pucho mal apagado, sudaba frío y trataba de tragar una pelota que traía en la garganta.
El enemigo avanzaba lentamente hacía nuestro lugar, una especie de trinchera natural, estábamos apegados al suelo esperando que el enemigo no nos viera.
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