lunes, 9 de julio de 2012

Tres amantes para un caballero

La amo. No puedo explicar por qué. Ella está llena de defectos.
Los recuerdos, los más antiguos, los primeros momentos que tengo en mi memoria junto a ella, son de una imagen llena de luz y vieja. Es curioso, puesto que a medida que han pasado los años, ella parece verse más joven. Su estética es su prioridad. Asesina. No le importa nadie, sólo su estética.


Hace un par de años noté que se estaba tornando gris y oscura, como si le guardara odio al sol y los colores. Su cara ya no era la misma. Me traicionó y tentó desde temprano.
Cuando vi que jugaba y torturaba no sólo a mí, también a otros hombres, quise huir de ella.


Cada año me marcho cierto tiempo con otra, ella lo sabía y también que volvería, hasta que me armé de valor para dejarla por completo.
Me fui junto a aquella que veía una o dos veces en el año, con ella tenía un amor en secreto que crecía a medida que la primera de ellas me sofocaba. Fue un año junto a ésta, estaba supuestamente decidido a quedarme a su lado, pero no pude contener la nostalgia... o quizás era la costumbre, de cualquier forma volvía junto a la oscura y gris cada cierto tiempo y de manera fugaz. Eran momentos donde la juraba mi amor eterno y mi odio a su actitud, ella no me creía del todo y me iba luego de unos días.


En ese año junto a la segunda no todo fue como lo esperaba. La conocí, no sé si tan a profundidad, pero sí bastante. Ésta parecía sufrir de una depresión crónica, lloraba todo el tiempo, incluso en primavera. Algunos me contaban que era producto de un historia de la que fue testigo hace años. Ella vestía de un solo color, un color vivo que la primera había perdido o no me recuerdo si es que en realidad lo tuvo, pero yo, aun así, amé cada suspiro de ella y lo callada que era.  Amé, en ocasiones, su estado depresivo y la acompañé en sus lágrimas constantes. Tenía un equilibrio imperfecto con la naturaleza, pero aquello me encantaba.


Existió un hombre que admiro hasta hoy. Él fue casi un secreto amante de ella, y digo casi, puesto que en sus distintas cartas que yo mismo encontré, dejó en evidencia para todos el amor que sintió por ella. Halló belleza en infinitos puntos de su cuerpo, pero que quede claro que no sentí celos. Me dediqué a buscar esos puntos y conocí algunos pocos, debido a que el tiempo se volvió mi no amigo y sinónimo de soledad, dejándome sólo encontrar unos pocos puntos.


El primer amor nunca se olvida, siempre está presente. Tuvimos algunos enredos y durante cuatro meses me volví con la gris y oscura, regresé después de ese tiempo sólo para despedirme ya que la primera de ella me reclamaba como su dueña. Desde un principio sentí que no llegaríamos lejos. Me pidió que la visitara y se lo juré, ella dijo que como cada año me esperaría.


Varias veces salí a conocer el afuera. De pequeño conocí a otra que me engatusó por ser tan delicada y fina de piel, con una esencia de ser chapada a la antigua, de épocas en que los caballeros tenían palabra de honor y las damas eran verdaderas musas donde encontrabas fuerzas. Aquella me enamoró, pero fue un enamoramiento de verano, de esos que duran dos meses. Me dije a mí mismo que volvería para buscarla cuando fuera el tiempo, y así fue. Salí en su búsqueda.


Durante una tragedia que nos azotó a mí y mi familia, mi padre corrió hacia el lugar equivocado; sentí miedo de que no volviera de la oscuridad, pero estiré mi brazo y encontró el camino correcto. Así mismo fue mi experiencia con todas ellas: cuando huí de la primera, corrí hacía el sur, en lugar de hacerlo al norte. Pero, encontré un brazo que me llevó por la senda hacia el camino correcto.


La tercera... aquella tan delicada y fina, sigue tan delicada y manteniendo la fineza con la que la conocí. Se preocupa de su imagen, pero sólo lo justo y necesario, así al menos lo creen todos. No es gris ni oscura, tampoco de un color monótono, le gusta vestirse de un gama de colores que cualquiera diría que están abigarrados, pero no, en ella combinan de forma perfecta. Recorrer cada parte de ella es agotador, pero el cansancio no es superior a mis ansias de conocerla hasta el fin. Sus senos hermosos, tesoros de pirata; es la más bella amante de un marino. Desde donde la mire, se ve preciosa. 
En mi regreso, a pesar de verla tan sólo una sola vez, me parece concerla de toda la vida.


No fue sorpresa que aquel hombre de las cartas a la cuidad de Temuco, llamado Pablo, también le escribiera a esta hermosa ciudad. Temuco, la lluvia y su eterno verde, me reclaman a ratos, le respondo que espere, que estoy cómodo y encantado con los colores y cerros de Valparaíso, pero que volveré a visitarla pronto.


Y la cuidad de Santiago, mi gris selva y enemiga del sol, mi primer amor, me reclamas con un celo bestial. Te he escrito un par de cartas y no dejaré de enviártelas, puesto que a pesar de tu hacinamiento, traición e infidelidad, te sigo amando.


Hay otras que me miran y desean, he escuchado de Puerto Varas, Puerto Montt, Chiloé, Hornopirén y Serena; con las primeras tres ya tuve un encuentro, pero quiero más de ellas y de tantas otras.


Pero... tranquila, no sé por qué, a pesar de tus tantos defectos y el mal que me haces, te amo, mi sucia cuidad. Santiago.

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