María es una cocinera excepcional, me invitó a comer, ya hace
tiempo que no nos veíamos. Llevé un par de cervezas para cooperar con algo,
ella como siempre tenía cigarros caros de esos que yo degustaba una vez al mes.
Nos sentamos a almorzar y charlamos, tenía proyectos grandiosos y se le veía
venir un futuro espléndido, yo por mi parte seguía atascado pensando en que moriría joven
producto del hambre antes que trabajar en algo que odio.
Yo: ¿Sabes? Compré dos videojuegos bélicos... no me dejo de sorprender
como sus autores ven la guerra como victorias limpias y se
enorgullecen de medallas a cambio de matanzas.
La guerra siempre fue matanza para mí... pero ya está, nunca viví una en carne propia.
María: Encontré unos cuantos documentales sobre los campos de
concentración nazis y comunistas... Eran horrorosos, no podría pisar esos
lugares. Montaban a los judíos en trenes, ellos pensaban que iban a algún lugar
cualquiera, pero no sabían su real destino. Experimentaban con ellos hasta ver donde
llegaba el sufrimiento humano antes de la muerte. Los lentes de los muertos
eran reciclados, el pelo de las mujeres usado como telar militar y con sus
cadáveres fabricaban hasta jabones!.
María seguía hablando sobre los campos de concentración y como
terminaron. Yo movía la cabeza haciendo como que la escuchaba mientras
pensaba...
Encendí un cigarro y abrí una cerveza.
María: Qué terrible y macabro ¿No? menos mal que ya no existen esos
lugares.
Esa última frase me hizo aterrizar nuevamente.
Esa última frase me hizo aterrizar nuevamente.
Yo: ¿No? ¡Qué mierda de humanidad! No te das cuenta y vivimos en campos
de concentracion. Están allí, estamos allí. Mira la periferia... nos
alimentamos de desechos, experimentan con nosotros, vivo entre enfermos que no
dejan de toser más que para escupir sangre desde las entrañas. Vivimos hacinados,
y como no queda espacio, nos montan unos sobre los otros. Hay una comisaría a
dos cuadras de mi casa ¡Una torre de vigía!. No podemos ni circular libremente
sin que nos controlen. Dejaron de ser lo judíos, hoy somos los pobres, negros,
delincuentes, etc... Mierda y más mierda, nos matan en completo silencio y
nadie dice nada. Me obligan a trabajar para que ellos se beneficien, y lo que
gano me lo quitan con necesidades que crean. Somos esclavos en un campo de
concentración moderno. Trabajamos para los ricos y seguimos mendigando migajas
de compasión y piedad.
María se asustó. Tartamudeé algunos gestos como queriendo disculparme.
Apagué el cigarro en el plato con la comida aún ahí. Salí corriendo al
baño a vomitar...
María tocó la puerta.
María: ¿Estás bien?
Me tomé otros segundos para terminar de vomitar y respondí.
Yo: Yo... no... no sé. ¿Dios lo estará? ¿O
estará tomándose la cabeza al igual que yo pensando en qué mierda de humanidad
ha creado?
me recordó a Marcuse
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