-Hola…
-¿Tú de nuevo?
-Sí, te veo solo. ¿Cómo va todo?
-Igual que siempre. Lo mismo todos los días.
-¿Y por qué no arrancas?
-Hay una puerta con cierre eléctrico que se abre desde afuera, luego hay un pasillo con ventanas enrejadas, un par de guardias al otro lado, un salón gigante cerrado con llave. Una recepción que no conozco más un patio gigante que no sé a donde iría. Sin contar al personal.
-¿Cuánto tiempo llevas acá?
-No sé, perdí la cuenta de los días. Un día se parece al otro y los paso buscando la posición más cómoda en esta habitación acolchada.
-Son años. Tanto tiempo llevas acá, más tiempo perdido llevas sin pensar en cómo escapar.
-Claro, tú vas y vienes cuando quieres.
-Yo estoy aquí siempre.
-¡Ayúdame, entonces!
-Shhhh, baja la voz. No vas a querer que vengan por ti otra vez, ¿no? Aprende a mirar
-¡QUÉ MIERDA VOY A MIRAR SI SÓLO VEO POR UNA VENTANA UN PATIO CON UN ÁRBOL!
-Shhh… no grites. Te insisto, aprende a mirar.
-Yo no debería estar acá.
-Claro que no. Diles que no debes estar acá. Diles que estás bien, que esa camisa no va contigo, que no es tu talla ni que combina contigo. Jajajaja
-Púdrete… ¡¡¡VETE DE AQUÍ!!!
Se abre la puerta de la pequeña sala y entran tres hombres vestidos de blanco. Dos de ellos inmovilizan a Hans.
Hans: ¡NO! Otra vez, ¡no! Créanme, allí está. Maldita sea, Jonathan, ¡diles algo!
Doctor: Tranquilo, hombre, nada va a pasar. Te vas a poner bien.
Jonathan: Nos vemos…
El doctor le pone una inyección a Hans en el cuello y él casi durmiendo ve como se retiran los hombres y queda solo nuevamente.
Pasaron 2 días. Hans seguía en el mismo lugar de siempre. Dos metros por dos de espacio. Cuando despertó vio otra vez a Jonathan a su lado.
Jonathan: Buenos días. ¿Cómo amaneciste? ¿Bien? Es casi la hora de cenar.
Hans estaba aún drogado, parecía borracho y parecía no tener conciencia.
Jonathan: ¿Sabes algo? Yo creo en los mitos. Yo soy un mito. ¿Y tú, crees?... Te cuento algo… Los hombres eran muchos más sabios hace años, en la época antigua. ¿Conoces a Sócrates? Un gran tipo. Él y tú se parecen mucho. ¡Lo asesinaron, lo condenaron a muerte!
Cuando los poetas vivían en el olimpo, a los pies de los dioses, pero no con los dioses, y los llamados sabios y oráculos se jactaban de su poder entregado por los divinos; este hombre se levantó. Oyó una voz que lo mandó a reordenar el supuesto orden existente en esa sociedad griega.
Hans: No me interesan tus historias…
Jonathan: Si no aprendes a escuchar, no aprendes a mirar, ni hablar ni actuar. Entonces, como te decía, Sócrates encaró a los sabios y encontró que no eran tan sabios como decían. Lo condenaron a muerte por ello. Tú estás en la misma situación. Luego de su asesinato vinieron discípulos como Platón y de él Aristóteles. Lo interesante de todo esto es que Aristóteles planteó que este mundo no es real. El mundo real existe más allá.
Hans: No quiero profesores, quiero salir de aquí…
Jonathan: Aprende, hombre, aprende… Escapa.
Hans: ¡ESO QUIERO, MIERDA!
Jonathan: Shhh… tranquilo. Escapa. Deja de percibir con tus sentidos, abre la mente, escapa al mundo real.
Hans: Tú deberías usar esta camisa.
Jonathan: Anda, diles que yo la necesito. Diles que estoy acá, nadie te va a creer. ¿Cómo puede haber otro hombre acá?
Hans se enfurecía cada vez que Jonathan tomaba aire para volver a hablar, acumuló la rabia y con esas energías que no gastaba hace años reventó su camisa de fuerza. Dio un grito y se abalanzó sobre Jonathan para ahorcarlo, pero sólo chocó con la pared y cayó al suelo.
Jonathan reapareció y desde arriba lo miraba con una pena sarcástica.
Jonathan: Vienen por ti
Hans: ¡No!
Jonathan: Escapa, hombre… Escapa.
Los mismos tres doctores más dos guardias venían corriendo por el pasillo, habían visto la actitud “loca” de Hans. Jonathan estaba apoyado en el árbol del patio, sonriendo, casi riendo, mirando por la ventana como Hans daba un grito desgarrador como ningún ser podía gritar. Parecía que rajaría su garganta.
Los guardias abrieron la puerta y cuando entraron sólo encontraron la camisa de Hans. Estaba rota.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario