domingo, 15 de enero de 2012


Tú, amiga, amante

De labios furiosos y lengua de fuego que quema mi ser

De ojos que son el fondo del universo y que brillan como las esquirlas en él mismo

De mirada siniestra, provocadora y que habla en el lenguaje del silencio

De cabello peinado por el viento

De piel y cuerdas vocales suaves como el terciopelo,

firmes como la soga que ahorca mi suicidio

y delicadas como tus manos, tan frágiles como la copa de vino que sostengo

Tú, amor, compañera, confidente…

Deambulo borracho de placer en la curvatura de tu espalda,

Yo Camino al hades, camino entre el cielo y el infierno

Descanso en el valle de tu vientre contemplando tu hermosa y desconocida intimidad

Paso obligado el monte de venus para llegar a la carretera larga e infinita de tus piernas

Tú, niña, joven, mujer…

Haces falta cuando estás presente y por eso te escribo en tu ausencia.

Matatiah,2012

viernes, 6 de enero de 2012

Media noche

Y: ¿Qué pasó?... ¿Estás bien?


Me la encontré en la plaza. Era de noche, ya tarde. Me invitó a fumar y beber algo, acepté porque el cuerpo me lo pedía.

La silencié reabriendo una herida que nunca estuvo presente, le dije que tenía a otra mujer y era feliz con ella.  Me miró con cara de dolida, pero disimulada. Ella era casi una actriz. 

Me siguió la conversación y cuando ya eran las 2am le dije que me iba, que me esperaban en casa. Me pidió que la dejara en la puerta de la suya, y así fue. Abrió la reja, la puerta y otra puerta interior… regresó donde estaba yo y me dijo que tenía frío. Era verano ¿Quién puede tener frío en medio de una ciudad hacinada de fábricas y en pleno verano? Volvió a la carga con un <<Tú siempre estás calentito. Mira yo, tócame>> Toqué su pierna maciza que estaba desnuda por sus pantalones bastante cortos. La toqué, la toqué y la toqué. Se excitó y me calentó con su mirada que derrite hasta el mismo invierno. Entré rápidamente y de una patada reabrí las puertas mientras la tomaba fuerte con mis brazos. Y eso que no tengo fuerza en los brazos. 

Subimos por la escalera. En pleno pasillo nos desnudamos los torsos y entrando a su pieza la arrojé sobre la cama. Le arranqué esos pantalones tan cortos y la volteé para manosear su enorme trasero. Gemía con furia y respiraba aire tibio. Entonces se puso de rodillas en la cama y empezó a fregar sus tetas pequeñas contra mi pantalón que estaba tirante y parecía que iba a ser atravesado por una espada. Me bajó todo y comenzó a chupar, sentí que terminaría ahí mismo. ¡Estaba ardiendo y ella era gasolina! La puse boca abajo. Ella agarró firme la almohada, y mientras se lo metía, la mordía con rabia. Éramos dos animales saciando el instinto. La cama se movía y sonaba al compás de mi ritmo.


X: Nada… Sólo fue una pesadilla. Te amo, nena, volvamos a dormir.

La casa de cuerdos

-Hola…
-¿Tú de nuevo?
-Sí, te veo solo. ¿Cómo va todo?
-Igual que siempre. Lo mismo todos los días.
-¿Y por qué no arrancas?
-Hay una puerta con cierre eléctrico que se abre desde afuera, luego hay un pasillo con ventanas enrejadas, un par de guardias al otro lado, un salón gigante cerrado con llave. Una recepción que no conozco más un patio gigante que no sé a donde iría. Sin contar al personal.
-¿Cuánto tiempo llevas acá?
-No sé, perdí la cuenta de los días. Un día se parece al otro y los paso buscando la posición más cómoda en esta habitación acolchada.
-Son años. Tanto tiempo llevas acá, más tiempo perdido llevas sin pensar en cómo escapar.
-Claro, tú vas y vienes cuando quieres.
-Yo estoy aquí siempre.
-¡Ayúdame, entonces!
-Shhhh, baja la voz. No vas a querer que vengan por ti otra vez, ¿no? Aprende a mirar
-¡QUÉ MIERDA VOY A MIRAR SI SÓLO VEO POR UNA VENTANA UN PATIO CON UN ÁRBOL!
-Shhh… no grites. Te insisto, aprende a mirar.
-Yo no debería estar acá.
-Claro que no. Diles que no debes estar acá. Diles que estás bien, que esa camisa no va contigo, que no es tu talla ni que combina contigo. Jajajaja
-Púdrete… ¡¡¡VETE DE AQUÍ!!!

Se abre la puerta de la pequeña sala y entran tres hombres vestidos de blanco. Dos de ellos inmovilizan a Hans.

Hans: ¡NO! Otra vez, ¡no! Créanme, allí está. Maldita sea, Jonathan, ¡diles algo!
Doctor: Tranquilo, hombre, nada va a pasar. Te vas a poner bien.
Jonathan: Nos vemos…

El doctor le pone una inyección a Hans en el cuello y él casi durmiendo ve como se retiran los hombres y queda solo nuevamente.



Pasaron 2 días. Hans seguía en el mismo lugar de siempre. Dos metros por dos de espacio. Cuando despertó vio otra vez a Jonathan a su lado.

Jonathan: Buenos días. ¿Cómo amaneciste? ¿Bien? Es casi la hora de cenar.

Hans estaba aún drogado, parecía borracho y parecía no tener conciencia.

Jonathan: ¿Sabes algo? Yo creo en los mitos. Yo soy un mito. ¿Y tú, crees?... Te cuento algo… Los hombres eran muchos más sabios hace años, en la época antigua. ¿Conoces a Sócrates? Un gran tipo. Él y tú se parecen mucho. ¡Lo asesinaron, lo condenaron a muerte!
Cuando los poetas vivían en el olimpo, a los pies de los dioses, pero no con los dioses, y los llamados sabios y oráculos se jactaban de su poder entregado por los divinos; este hombre se levantó. Oyó una voz que lo mandó a reordenar el supuesto orden existente en esa sociedad griega.

Hans: No me interesan tus historias…

Jonathan: Si no aprendes a escuchar, no aprendes a mirar, ni hablar ni actuar. Entonces, como te decía, Sócrates encaró a los sabios y encontró que no eran tan sabios como decían. Lo condenaron a muerte por ello. Tú estás en la misma situación. Luego de su asesinato vinieron discípulos como Platón y de él Aristóteles. Lo interesante de todo esto es que Aristóteles planteó que este mundo no es real. El mundo real existe más allá.

Hans: No quiero profesores, quiero salir de aquí…
Jonathan: Aprende, hombre, aprende… Escapa.
Hans: ¡ESO QUIERO, MIERDA!
Jonathan: Shhh… tranquilo. Escapa. Deja de percibir con tus sentidos, abre la mente, escapa al mundo real.
Hans: Tú deberías usar esta camisa.
Jonathan: Anda, diles que yo la necesito. Diles que estoy acá, nadie te va a creer. ¿Cómo puede haber otro hombre acá?

Hans se enfurecía cada vez que Jonathan tomaba aire para volver a hablar, acumuló la rabia y con esas energías que no gastaba hace años reventó su camisa de fuerza. Dio un grito y se abalanzó sobre Jonathan para ahorcarlo, pero sólo chocó con la pared y cayó al suelo.

Jonathan reapareció y desde arriba lo miraba con una pena sarcástica.
Jonathan: Vienen por ti
Hans: ¡No!
Jonathan: Escapa, hombre… Escapa.

Los mismos tres doctores más dos guardias venían corriendo por el pasillo, habían visto la actitud “loca” de Hans. Jonathan estaba apoyado en el árbol del patio, sonriendo, casi riendo, mirando por la ventana como Hans daba un grito desgarrador como ningún ser podía gritar. Parecía que rajaría su garganta.
Los guardias abrieron la puerta y cuando entraron sólo encontraron la camisa de Hans. Estaba rota.