El semáforo da rojo, la calle larga y ancha está llena de ausencia. Hubo lluvia y no paró hasta hace un rato. El humo del cigarro se mezclaba con el vapor que salía desde adentro del cuerpo producto del frío. La ciudad estaba silenciosa, pero más los estaba el interior del auto. Alberto Carrillo conducía su nave, un vehículo que parecía lancha. La calle intersectaba con un callejón y allí estaban dos mujeres.
Alberto o Tito, como lo llamaban sus amigos, reducía la velocidad paulatinamente a medida que se acercaba a ellas. Bajó el vidrio y entre el humo espeso se asomó una cara que lo saludó:
-Hola, mi amor. ¿Te quieres divertir un momento, cariño?
-¿Cuánto por el servicio?
-¡Uy! Qué directo. 60 mil para ti, 100 mil por las dos.
-Sólo necesito a una.
-Entonces son 60 mil en hotel.
-Está bien. ¿El servicio es completo?
-Lo siento, cariño. Me duele la cola.
-Entonces no.
-¿Estás seguro?, tú te lo pierdes.
-Sí, estoy seguro. Busco servicio completo.
-Eres un cerdo goloso. Mi amiga puede hacer algo más por ti.
-¿Sí?, dime cómo se llama.
La mujer gritó <<Esmeralda>>. Se acercó la otra muchacha y saludó con una voz ronca. <<MIERDA>> dijo Alberto y aceleró. Las putas reían en la esquina y gritaban a lo lejos <<Tú te lo pierdes, hijo de puta>>.
Carrillo siguió rondando la ciudad. Se había detenido en una bomba bencinera para comprar una caja de vino y un pack de cerveza. Cigarrillos le sobraban. Volvía a su automóvil caminando cabizbajo y soltando un suspiro que lo ayudaba a descansar de vez en cuando.
A ratos solía quedarse detenido en alguna esquina mirando cómo las luces de los semáforos cambiaban. La luz estaba en rojo y pensaba todo lo que había pasado…
Carrillo era un de esos llamados gozadores de la vida. Degustaba el bueno vino, vestía de forma elegante para aparentar y solía traer un sonrisa falsa, bastante actuada que parecía real, con la cual encantaba a las mujeres.
Conocía chicas, les conversaba con una voz grave y de temas interesantes. Dejaba entrever en sus conversaciones que era un hombre exitoso en la vida, eso le encantaba a quienes lo escuchaban, pero no era cierto. Se comportaba como un caballero, encendía el cigarrillo de las chicas. Las escuchaba y las hacía reír. Tenía un buen peinado y las mujeres murmuraban entre ellas sobre lo tan guapo que era.
Dio luz verde…
El que juega con fuego puede quemarse. Pero Alberto Carrillo creía que siempre escaparía de aquello. La soledad era su eterna compañía, parecía un condenado a estar solo, pero escapaba de su realidad entregando ilusiones a chicas y jugando con ellas, conseguía degustar el manjar de los dioses y luego desaparecía.
Violeta era una mujer con todas sus letras. Los vestidos combinaban con ella para cualquier ocasión. Podía ser una mujer madura, y el siguiente día ser una joven llena de vitalidad. Era compañera y amante. Su cuerpo era un vicio de esos que no se pueden tirar por la ventana, sino que se sacan por la escalera, peldaño por peldaño.
Era una mujer, con nombre de gran mujer. Violeta, la mujer hecha mujer.
Al igual que casi todas las mujeres que solía Alberto seducir, ella estaba comprometida. Su marido era un hombre rudo, un cabrón, pero que de trato a las mujeres parecía que no entendía. Ella parecía estar junto a él sólo por costumbre.
El taxi de atrás tocó el claxon, el conductor salió por la ventana y le gritó a Alberto <<Acelera, hueón de mierda, las putas se suben al primer apostador, no siempre al que paga mejor>> Carrillo despertó y dio la vuelta en la esquina, el taxista volvió a gritar <<Eso es, hijo de puta, ojalá sobrevivas>>. En la vereda, frente al parque, allí había cuatro chicas que conversaban entre ellas mientras fumaban cigarros largos, de esos que no se venden en cualquier parte.
Una de las tres que estaba de pie se acercó al auto de Alberto y lo saludó
-Cariño, ¿Estás buscando placer?, yo te haré gritar de placer.
-¿Cuanto?
-40 Mil la noche en tu departamento,
-¿Servicio completo?
-Sólo puedes colocarlo por atrás, pero no te darás cuenta del “detalle”.
-¡Mierda! ¿No quedan putas, verdaderas putas, en esta ciudad?.
La “mujer” se frustró y llamó a la chica que estaba sentada. Ella se acomodó rápidamente los tacones altos y corrió hacia el auto. Puso las tetas en la ventana y Alberto preguntó
-Espero no traigas alguna sorpresa entre pata y pata.
-Claro que no, bebé. Soy una mujer hecha y derecha.
Alberto se quedó pasmado y luego lanzó la pregunta de siempre:
-¿Cuánto por el servicio completo?
-¿Completo? 90 mil.
- Está bien, súbete.
La mujer se subió, Alberto aceleró con furia, ella lo acariciaba en la entre pierna y le decía:
-¿Qué quieres, amor? Puedo hacerte una conferencia aquí mismo, tomarme un helado, soy muy juguetona.
-No, quiero otro servicio.
-No me digas. Te gustaría darme por atrás.
-Tampoco, ya la sabrás.
Ella se quedó con la duda y algo de preocupación. Podría ser un tipo raro que le gustaba las cosas más sádicas. O quizás era un asesino. Quién sabe.
Llegaron al departamento. La mujer seguía con la duda y le preguntó
-¿Sabes? No voy a entrar si no me pagas la mitad por adelantado. Estoy pensando que eres un tipo raro
-¿Quieres dinero?, si ese quieres, acá está la mitad.
Pagó la mitad Tito y entraron. El Departamento estaba vacío y lo poco que había estaba revuelto. La mujer se quitó el abrigo y Carrillo le ofreció un trago de vino. La mujer no aceptó y Tito se sirvió una copa, sacó un cigarro y lo encendió con una caja de fósforos. La mujer se sentó de piernas abiertas sobre Albero, él la quitó de encima.
-¿Para qué pagas si no quieres nada?- Preguntó la mujer
-Quiero el servicio completo, pero déjame terminar lo mío.
-Está bien, pero si quieres te puede ayudar a que la tengas bien dura.
Carrillo apagó el cigarro, encendió otro y le ordenó a la puta desvestirse. Ella le hizo un baile, pero él parecía no tomarla en cuenta. Luego, Carrillo, apagó el segundo cigarro y botando el humo tomó a la puta por las nalgas. Se sentó en el sillón sin soltar el trasero de ella , se quedó mirando la entrepierna prostituta.
-¿Qué miras?- Preguntó ella- ¿No querías servicio completo?
-Claro… servicio completo.
Alberto Carrillo se rompió en llanto entre las piernas de la mujer. Las lágrimas bajaban como la lluvia en las ventanas. Horas antes, Violeta compartía la vida con Carrillo. Alberto se quemó jugando, se había enamorado de aquella tremenda mujer. Violeta no abandonó a su marido por Alberto, y vació el departamento donde se acostaban en secreto. Se llevó todo y desapareció de la faz de la tierra junto a su verdadero hombre.
Iban rumbo a las afueras de la ciudad, Violeta reía a carcajadas y su marido sólo manejaba serio, mirando hacia todos lados por si alguien los reconocía.
Alberto Carrillo seguía mojando con lágrimas la entrepierna de su puta.
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