Nito tenía 12 años, vivía en una pequeña casa en un campo bastante amplio. Sus padres se habían separado cuando él tenía siete. Su padre, Don Cura, como era conocido, era un borracho y por ello su apodo. Su esposa lo había dejado por abusar constantemente del alcohol. Nito y su padre compartían la casa con el abuelo. Un hombre viejo, pero que se encontraba activo. Se levantaba cuando la cordillera estaba a contraluz para trabajar la tierra. Los años estaban marcados en su piel, pero no en su espíritu.
El campo estaba rodeado de lomas y colinas que impedían que llegaran las señales. Con una gran antena en el techo podían escuchar alguna radio que captaban de vez en cuando.
Por esos días nadie se había enterado de algo, y es que las noticias siempre llegaban tarde a esos sectores alejados de las grandes ciudades. Las baterías de las radio se habían fundido y con ellas la misma radio. No era gran problema para Nito porque él toda su vida había aprendido a divertirse con su soledad y la sencillez del campo. Perseguía gallinas, llevaba al ganado a tomar agua a un estero, araba la tierra con ayuda de los bueyes, recogía el fruto de los manzanos, etc.
Su padre se había mantenido lúcido algunos días y le prometió a Nito enseñarle a cazar con escopeta. Ese día, se levantaron más temprano que de costumbre, tomaron desayuno para apalear la fatiga y calentar el cuerpo en una mañana tan fría como son las mañanas del campo. Don cura limpiaba la escopeta y el abuelo soplaba el fuego de la cocina para que ardiera con más furia, Nito estaba hipnotizado más en lo que hacía su abuelo que en aprender como se limpia un arma, el viejo lo notó y le dijo:
-Nito, ¿Qué te asombra?
-El fuego, abuelo. Podemos ir a buscar agua al estero y ahí estará. Si necesitamos tierra, está allí afuera, siempre estará ahí. El aire está en todos lados, siempre está ahí. Pero ¿El fuego dónde se puede ir a recoger? ¿Dónde hay fuego?
-¿Sabes?, nunca me lo había preguntado. Pero gracias a Dios o al demonio, o tal vez a ambos, tenemos fuego. Por un lado quema y daña, pero ilumina y purifica, nos mantiene calientes.
-Entonces, ¿Es bueno o es malo?
-Depende de como se use. Hay armas que abren caminos, otras los cierran. Hay armas que salvan vidas y otras que las quitan. Todo depende de como se utilice un arma. Te puede ayudar a alimentarte.
Don Cura había terminado de limpiar el arma y estaba ordenando la munición cuando el silencio y el frío mañanero se quebraron violentamente. Cinco militares entraron pateando y dando ordenes a gritos << ¡AL SUELO, MIERDA! Buscamos armas>>
Uno de los militares tomó al viejo por la espalda y lo arrojó a un rincón de la cocina. Nito no entendía qué pasaba, miraba para todos lados como buscando la explicación o una razón en el rostro de los militares, pero estos lo ignoraban. Otro uniformado apuntó con un fusil al padre de Nito en la cabeza, gritando <<PÁRATE, INDIO DE MIERDA>>. Don cura se levantó con el miedo a flor de piel, la adrenalina liberaba horror por sus poros, los nervios lo domaban desde dentro del estómago, sudaba el frío. El tercero de los militares comenzó el registro. El cuarto en entrar fue por Nito, pero el niño corrió a refugiarse tras su padre. Don cura imploraba misericordia:
-Señor, tranquilo, por favor, no hagan nada. No le hagan daño a mi hijo. Hagan lo qué quieran conmigo, pero a mi hijo no, por favor.
El cabo golpeó con el fusil en la boca del estómago al padre de Nito, lo apartó violentamente y tomó al niño. El viejo seguía en el rincón, pero al ver que tomaban al niño se levantó de inmediato y exclamó:
-No hagan nada con él. Llévenme. ¡Por favor!
El militar hacía oídos sordos mientras el resto registraba la casa, desordenando y destrozando todo a su paso, como lo hacen los animales salvajes.
Entonces entró un sexto militar a la casa, detrás del quinto que estaba parado firme en el marco de la puerta. Aquel impuso un silencio seco y símbolo de respeto. Un signo que sólo se ve en lo líderes. << ¡Teniente! >> Saludó el cabo que estaba en la puerta. El hombre más que un uniforme, traía puesto un buen traje, planchado y limpio. Vestía unas botas relucientes, pero que estaban en parte sucias por el barro que dejó la lluvia de la noche anterior. <<Hombre armado peligrosamente, posible rebelde, teniente>> Agregó el cabo. El teniente en una actitud fría, que le parecía cotidiana, observó la escena que parecía estar detenida y sólo respondió <<Al camión>>.
Nito se zafó y saltó a los brazos de su abuelo. El corazón del viejo pareció detenerse y luego acelerarse. Abrazó fuertemente a Nito que seguía con la mirada buscando alguna explicación sin abrir la boca. Los militares forzaron a ponerse de pie a los adultos. <<Teniente, ¿Qué hacemos con el menor?>> preguntó uno de los cabos. El teniente miró tenazmente a los ojos de Nito y sin quitarle la vista y dijo <<No es peligro un niño. Déjenlo>>.
El padre de Nito gritaba <<No>> cada vez con más fuerza y desesperación a medida que los sacaban de la casa para subirlo al camión. El viejo entre lágrimas rogaba piedad y apelaba a los sentimientos de aquellos hombres, pero parecían ser maquinas que no escuchaban y sólo seguían ordenes. Un cabo golpeó en la cabeza al viejo. Salió deprisa como huyendo de su culpa. Nito se ahogaba con un nudo en la garganta en un rincón de la cocina. Aquella sensación, la misma, la había vivido cuando su madre lo dejó solo con su padre.
Esa tarde su madre iba de un lado a otro, trayendo una cosa y poniéndola en otro lugar, empacando ropa y de vez en cuando secándose las lágrimas y dejando escapar un sollozo con tono de rabia y pena. Nito estaba sentado en la pequeña escala de la puerta de su casa, observaba el paisaje sin tener noción de lo que sucedía.
Su padre había llegado borracho y cuando lo hacía maldecía a todo el mundo. Pero esta vez pareció cambiar el vino por la chupilca. Escupía en el interior de la casa y baboseaba mientras gritaba como desgarrando su garganta. Nito escuchaba más al viento que los gritos de la discusión de sus padres. El portazo que dio su madre lo trajo de nuevo a tierra y ella, llena de lágrimas que sostenía, lo acarició, lo besó y le dijo conteniendo el llanto <<Hijo, no quiero que pienses que mamá no te quiere. Yo te amo con el corazón, pero debo marcharme. Te prometo que volveré por ti. Te amo, nunca lo olvides>>. Su madre se alejó por el camino.
Su padre estuvo una semana borracho. Luego, otra semana en cama y otra en silencio. Hasta que se levantó y regresó a rehacer su vida. Se juró enseñarle todo lo que sabía a Nito.
A medida que la madre de Nito se perdía en el paisaje, el nudo en la garganta lo dejaba aún más mudo.
El camión se puso en marcha y Nito salió detrás de él. Corría a un costado como queriendo hacer algo. Hasta que el camión tomó segunda y lo dejó atrás. Se fue por el camino, por ese mismo camino que un día su madre se perdió y no volvió.
El campo era el barrio de Nito, lo conocía como la palma de su mano, así que acortó distancias. El camino daba hacia la única salida de la comunidad. Nito lo sabía y por inercia corrió a través del pastizal, saltando cercas y alambrado de púas. Cayó y se repuso de inmediato, apartando el dolor de la caída para otra ocasión. La desesperación, el pánico eran reenergizantes.
Sólo hasta que divisó el camión nuevamente estacionado se detuvo y se escondió en medio del pastizal. Estaban cerca del puente mellizo Nº2, habían llegado antes que Nito. En el puente había otro grupo de militares, los cuales sumaban cerca de 15. A un costado del estero había algunos hombres detenidos boca abajo. En ese preciso momento, en que Nito observaba todo, su padre fue bajado junto a otros tres hombres.
Un militar le dio una bolsa a cada uno. Tomaron al primero de ellos y le dieron una orden. Nito otra vez escuchaba sólo al viento y no supo que orden era, pero aquel hombre pareció resistirse y con furia marcada en su rostro encaró al militar que le daba la orden. Llegaron otros dos militares, uno de ellos golpeó en el estómago al hombre y el otro tomo su rifle y disparó de forma certera en la sien de aquel hombre. Tomaron el cuerpo sin vida y lo pusieron boca abajo, junto al resto de los que estaban a un costado del estero. El hombre que seguía en la fila era Don Cura.
El militar le dio la orden y Don Cura quedó inmóvil durante algún momento. El uniformado llamó a los otros dos, pero el padre de Nito antes de que llegaran procedió a colocar y amarrarse la bolsa de plástico en la cabeza. Estaba parado en el puente, en la orilla. El mismo cabo que le dio la bolsa, le amarró las manos primero y luego los pies con una cuerda sujeta a el puente. Luego dieron una orden y el militar que comandaba la situación lo pateó en la espalda y lo empujó.
Don cura estaba colgado al revés desde el puente, tan sólo su cabeza estaba sumergida en el agua. Lo mantuvieron así durante algunos minutos, luego lo levantaron y le quitaron la bolsa de la cabeza. Lo obligaron a mantenerse en pie mientras el teniente lo interrogaba. Nito estaba paralizado con la imagen que veía. A su nudo en la garganta se sumó una sensación extraña en el estómago. Su padre era golpeado, arrojado y sacado una y otra vez del estero.
La última vez que lo levantaron, su rostro estaba morado. Era irreconocible debido al tono de su piel. Quiso mantener el equilibrio mientras lo interrogaban escupiéndole las preguntas en la cara, pero le fue imposible. Cayó de espaldas y quedó colgado allí en el puente. Los militares quedaron atónitos con la situación, pero el teniente irrumpió el momento con un << ¡El que sigue! >> Que los transformó nuevamente en maquinas.
Nito esperó a ver que pasaba con su viejo abuelo, pero nunca lo vio. Se hizo de noche y volvió a casa. La noche estaba triste y la luna se dejaba entrever sólo un poco, quizás, por vergüenza. Después de varios minutos de intento logró encender el fuego de la cocina. El sonido de la leña quemándose era la compañía que le susurraba. Puso leche y pan para alimentarse, la misma cena que le daba su padre todos los días. No paró de llorar mientras comía. Cuando se fue a dormir también lo hizo hasta tarde. Por la mañana sus ojos estaban hinchados y con gran cantidad de lagañas. No se levantó de la cama durante dos días.
El tercer día realizó algunas actividades que solía hacer su abuelo. Todo en completo silencio. Parecía que al viento se lo habían llevado los militares, porque no traía cantos ni sonidos de ningún animal. Los volátiles cerraron la boca, o les habían degollado hasta terminar con sus cuerdas vocales. Estaba todo extraño. Se levantaba cuando algún gallo comenzaba a gritar desde el otro lado del granero. Realizaba todas las actividades que requería el campo, todas las que podía realizar. Hasta que después de una semana, cansado y sumido en la depresión, había dejado a los animales a su propio haber. Otra vez no se levantó de la cama.
Después de otros dos días más sin ánimos de levantarse, alguien tocó la puerta. Se asustó. El miedo se colaba por alguna parte y logró invadirlo con ansiedad directamente en su interior. Pensó que podría ser el abuelo o quizás su padre, tanto como otros militares, que volvían por él. Los perros no habían ladrado y resultaba raro, pues siempre avisaban cuando se aproximaba algún extraño. Miró por un agujero y vio una mujer que traía una cesta y una torta. Entonces abrió y la mujer lo saludó por su nombre.
-Era el 22 de Septiembre-
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