domingo, 27 de noviembre de 2011

Morbo (Pt.1)

El sol no tiene compasión en verano, castiga a trabajadores como un azote constante del que no se puede escapar hasta que comienza a esconderse y la jornada laboral ya ha terminado. Yo trabajaba cerca del centro de la ciudad, donde transitan autos y micros congestionando las calles y aumentan el estrés.

Había conseguido el empleo para sólo trabajar durante el periodo de vacaciones. Aún me quedaban 2 años para terminar la enseñanza media. Durante el fin de año escolar pasado había conocido a una compañera con la que no interactuaba por distintos motivos. Entre los cuáles era porque nos llevábamos pésimo, al parece por temperamentos y carácteres muy distintos. Claro que el mío era el peor. Pero conversábamos algo por el internet y parecía crecer algún tipo de lazo de amistad.

Después de la jornada laboral, me bañaba y volvía lo más rápido posible a casa. No sabía que trabajo en algún idioma quería decir castigo pero lo presentía en mi interior. Era como leer un mensaje subliminal con el subconsciente.
Soportar el calor del sol de verano más el asfalto fermentando y aumentando la temperatura sumado a estar bajo un techo que parecía subir al doble la temperatura era un castigo que me llevaba a reflexionar que la vida es mierda porque la hemos diseñado de ese modo. Mierda, y mi padre que soportaba esto desde los 15 años y sin parar para vacaciones.
Por internet conversaba con "ella" de distintas cosas y como sin querer comenzamos un juego morboso. Lo que hacía por poder ganar dinero era bastante cansador y "ella" me prometió ir a visitarme en el horario de almuerzo, como para alivianar el paso de los días. El lunes, cuando comenzaba la tortura, no apareció y no supe qué fue de "ella" hasta el siguiente lunes donde sí llegó a la esquina más fresca del barrio donde yo trabajaba.

Ahí venía, cruzando la esquina, con su figura sensual parecía ella detener el tráfico y no el semáforo en rojo. Vestía una falda que dejaba ver demasiado sus piernas, esas piernas macizas que tanto me excitaban. Una polera que dejaba al descubierto sus hombros, unos hombros blancos y seductores, y su busto de alguna manera estaba más pronunciado de lo que era.
No recuerdo que conversamos, sólo sé que cuando se despidió con un beso en la mejilla, y por cosas de ese juego morboso, cuando ya iba cruzando la calle le dije: <<De esa manera no se despiden los amantes>>. Ella me miró sin dar la vuelta y sonrió entre nerviosa y sexymente.



La vuelta a clases producía ansiedad. Los estudios pasaban a segundo plano cuando había una mujer de por medio. El primer día nos reencontramos y nos saludamos amistosamente, había algo distinto en el aire o el ambiente. Luego, después de clases, nos fuimos al parque y con el pasar del tiempo nos fuimos quedando solos, el resto se había ido por hacerse tarde.

Eran cerca de las 6 de la tarde y el cielo comenzaba a anaranjar. Sus ojos eran de un verdadero color miel, tal cual se ve cuando la atraviesan los rayos del astro. Estaba sentada frente a mí con la mirada atrapada en mi boca, como leyendo cada palabra. Lo noté. Entonces me acerqué y con intención de robarle un beso me lo negó, me esquivó, dijo que no podía fallarle a su pololo. Seguí conversando de cualquier otro tema sin relevancia, y en un momento de esos que estaba con la mirada fija en mi boca me tomó por la nuca, me acercó a ella y me besó. No supe como reaccionar después de la negativa que había tenido así que hice como si no hubiera pasado nada y seguí conversando.

No me di cuenta cuando la rodeaba con mis brazos y estaba tan cómodo en alguna complicada posición tan cerca de ella. Los dos sentado en el pasto del parque.
La acompañé al paradero y le dije:
- Dame un día, ¡sólo uno! Tú y yo, nadie más.
- No lo sé, es complicado, pero voy a hacer lo que más pueda.
- Es sólo un día, por ese día olvídate que estás comprometida y sé mía.
- Te lo diré cuando pueda y esté lista.
- Quítate esas ansias que tienes por mí y yo por ti.
Nos despedimos y regresé tranquilo a casa.

Al siguiente día me envió un mensaje al celular, estando sentada atrás mío en clases, diciendo: "Hoy es el día...". Me bastó sólo eso para entender todo y motivarme, pero no tenía nada planeado. Pensaba en tenerle alguna velada romántica pero no me dio tiempo.
Salimos de clases, despistando a todos, y nos fuimos a mi hogar. Mi padre y madre estaban en casa. Almorzamos todos juntos y al rato ellos fueron al centro a realizar algún trámite y luego recoger a mi hermana al colegio. Yo haría lo propio con mi otra hermana.

Entonces, estando en mi pieza, volvimos a lo nuestro y a aprovechar al máximo hasta la última gota de tiempo e intimidad.
Mi cama era un ring donde nos satisfacíamos con rabia. 
De pronto ella se acostó, yo abrí sus piernas y me coloqué sobre ella, besándola y teniendo sexo con ropa. Se excitó y lo noté porque me comenzó a acariciar la entrepierna yo hice lo propio con ella y me di cuenta de que estaba mojada. Me bajó el cierre del pantalón y en la misma posición me comenzó a masturbar mientras yo le levantaba la polera y besaba sus senos y luego los soplaba. Le quité el sostén y levanté su falda para tomarla por el trasero. ¡Qué trasero! Enorme y ancho, era de ensueño, blanco pero no pálido, era del mismo tono de su piel. Una y otra vez me sentía depravado, pero no sé qué tanto porque yo sólo quería tocar sus piernas y acariciarlas. Su cara de placer me indicaba algo tan obvio que de todas maneras pregunté:

- ¿Quieres hacerlo?
- Si, por favor.

No volví a preguntar más, me bajé el pantalón hasta las rodillas y en la misma posición se lo metí. Estaba caliente por dentro, más que otras mujeres, pensé que me derretiría. Aquel era el verdadero manjar de los dioses.

Follamos largo rato, en distintas posiciones y con una confianza que ninguna otra mujer me había entregado, hasta que nos fuimos juntos, pero yo acabé fuera de ella. Corrí al baño apretándome y boté todo en la taza del baño. Me lavé y volví a la habitación. Ella se estaba vistiendo.

Eran las 5 de la tarde. ¡Mierda! tenía que recoger a mi hermana a las 4 y media. Corrí buscarla y no tuve mayores problemas. Volvimos a casa y a "ella" la encaminé a su hogar. Se fue con una sonrisa y yo me quedé con la mía.

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